En la reseña de hoy toca salirse de lo habitual en el blog en lo que a obras patrias se refiere para dedicarle unas líneas a uno de los clásicos ochenteros franco-belgas: Perceván, la saga de tebeos que tiene por guionistas a Jean Léturgie y Xavier Fauche y por dibujante a Philippe Luguy (https://www.instagram.com/
Perceván es un joven caballero andante que va de aquí a allá ayudando a los que lo necesitan y enfrentando al mal en sus distintas personificaciones. Con la compañía del bufón Kervin, la primera de sus aventuras tiene que ver con la persecución del infame barón de Piedramuerta, el cual está deseoso por reconstruir la legendaria corona de Ingaar, hasta el punto de haber robado el anillo del caballero por tener engarzada una de las tres joyas que restituirán en la corona sus poderes sobrenaturales.
De la BD franco-belga, dentro de la cultura comiquera española, hay títulos como pueden ser Los Pitufos, Lucky Luke o Tintín que están en la mente de todos. Ahora bien, hay muchas otras obras dignas de renombre, como la ahora reseñada. Perceván es un caso curioso, ya que es una historieta que, por su estética aparentemente inocente e incluso caricaturesca, puede parecer infantil, pero ni mucho menos. Así, ya desde el primer número de la saga, se veía al protagonista compartiendo lecho con alguna joven o incluso combatiendo fuerzas demoníacas a partir del tercero; la cosa no se quedó ahí, sino que, andando el tiempo, se mostró en las viñetas algún que otro desnudo e incluso muertes en directo, sin escatimar en sangre. De esta manera, una serie que era bastante más oscura de lo que ya parecía a simple vista evolucionó a algo más adulto todavía, en paralelo a sus lectores. Y es que, si bien la obra bebe (y muy bien) de las novelas de caballería, no le tembló el pulso a la hora de mostrar elementos crudos como la esclavitud en el mundo árabe, la brutalidad de los mongoles o cómo se podía violentar a una mujer por ser considerada bruja en Europa Central.
Pero todo esto tiene bastante intringulis: consiguieron sus autores un buen equilibrio entre lo duro y lo inocente gracias a distintos elementos, tal y como el bufón Kervin, amigo del buen comer y con poco deseo de meterse en líos, pero que sigue a Perceván por amistad y lealtad, dando lugar a no pocos chistes visuales así como otros de repetición por su afición a la habas con tocino; así mismo, provoca el personaje mucha ternura por lo bien que trata a Guimli, criatura pequeña y de lo más simpática que hace de mascota del grupo y que lo mismo ayuda a los protagonistas con su sexto sentido que saltando sobre el enemigo. A todo este equilibrio hay que añadir que el personaje de Perceván siempre es heroico y tiene varios atractivos más allá del visual: no solo fracasa a veces (lo que le da bastante humanidad), sino que nunca es sórdido con ninguna mujer, incluso si es su enemiga y siempre que está en su mano lucha por liberarlas, lo mismo de un harén que de una pira.
Pero fuera de los personajes principales también los guiones dieron lugar a unos cuantos buenos secundarios. El más notorio sería el de Balkis, hechicera en un principio oscura que empieza como enemiga de Perceván pero que acaba por aliarse él y ofrecerle una ayuda fundamental en lo místico y en lo ocultista dentro de sus periplos; además, aunque curiosamente ambos han demostrado a través de obra y palabra tener sentimientos hacia el otro, estos nunca han podido ir un paso más allá, a diferencia de con las relaciones más esporádicas del caballero. Piedramuerta y Polémic, su secuaz, pese a ser los villanos más caricaturescos y menos peligrosos a los que se enfrentan los héroes, tienen por virtudes la suerte y la capacidad de supervivencia. De menor importancia pero que también contribuyen a darle cierta estabilidad a Perceván cuando este reposa en tierras francesas están su maestro Guillaume y las criadas de este, Galantine y Blanca, la una el ojito derecho de Kervin por sus buenos guisos y la otra amante ocasional de Perceván. El poder, por otra parte, no suele salir muy favorecido en las andanzas caballerescas del tebeo: se le suele representar manipulador, interesado, traicionero y abusivo, lo mismo entre los gobernantes franceses que entre los extranjeros.
Respecto al dibujo, Philippe Luguy tiene un estilo encantador a lo vieja escuela que, como ya se ha comentado antes, choca al poner a unos personajes bastante inocentones en situaciones que pueden ser peliagudas; ahora bien, como también se señaló antes, esto se suaviza muchas veces con gestos caricaturescos aquí y allá, aunque en innegable que la saga se vuelve más y más oscura a medida que avanzan sus capítulos. Así, por ejemplo, los combates en un principio eran bastante inocentes, con los combatientes golpeando con la empuñadura de la espada, los puños, garrotes o jarrones la cabeza del contrario para dejarlo inconsciente... pero, con el paso del tiempo, estos se convirtieron en puñaladas, desgarrones o maleficios muy gráficos. Eso sí: la estética de los personajes es tremenda, con todo tipo de cuerpos entre hombres y mujeres: jóvenes y ancianos, delgados y gordos, guapos y feos... Y con rostros bastante distintos y reconocibles, por otro lado. El coloreado original, hasta prácticamente el nuevo milenio, es una delicia a la vieja usanza y, si bien el posterior no está nada mal, le falta ese encanto retro.
En conclusión, si os gustan los tebeos francobelgas de corte clásico, las historias de aventuras, caballeros, magia, amores y lucha contra el mal, no dudéis en darle una oportunidad a Perceván. Os podéis hacer con esta saga en España gracias a Norma Editorial a través de 5 integrales que recogen los 15 capítulos hasta ahora publicados en nuestro país, con un precio de 32 a 35€ por tomo, con todos con una media redondeada de 150 páginas.
Por último, la dedicatoria que me hizo en el tomo el amable Philippe Luguy durante el Festival de Cómic Europeo de Úbeda del año 2024. ¡Gracias de nuevo!







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